En su obra cumbre La estructura de la subjetividad (1967), Millán Puelles trata de responder a la pregunta toral ¿qué es el hombre?
Según el filósofo¹, el hombre es «subjetividad», esto es, «sujeto de relaciones consigo mismo y de su nexo con lo otro que él». Al conocimiento de sí mismo lo llama «tautología», y al conocimiento de lo otro que él, «heterología». El centro de estudio de ambos tipos de conocimiento es, para el autor, la conciencia, pues en ella el hombre se percata del ser propio y del ser de las cosas. Por lo tanto, su antropología es en esencia una teoría sobre la conciencia humana.
Para el idealismo, el hombre es pura conciencia; sin embargo, Millán Puelles sostiene que el hombre «es una sustancia que no consiste en conciencia», aunque es apto para poseerla. El hombre es «subjetividad», la cual es «subsistente» y «sustante a la conciencia». Esta subjetividad posee una «ingrediente somática»: el cuerpo. De ahí que el hombre sea «a la vez conciencia y cosa»: la que llama «índole reiforme de la subjetividad». Millán Puelles hállase en las antípodas del idealismo pues, para él, «la subjetividad es irreductible a conciencia».
PROPOSICIÓN.- La «subjetividad» u hombre no es pura conciencia, sino «cuasi cosa» que puede devenir consciente.
Demostración.- Átomos de evidencia empírica:
La intermitencia. En el sueño, en los desmayos, en los estados de anestesia, etcétera, el hombre puede llegar a perder la conciencia sin dejar de ser él mismo. «Lo que cesa o se interrumpe es la conciencia, no la subjetividad». «Esta conciencia que se pierde y se recobra no puede ser pensada sino en orden a la subjetividad que permanece y que es así la condición de las síntesis de las fases conscientes e inconscientes».
La existencia del error. Una conciencia pura no admitiría el error. «El error se produce cuando el entendimiento se deja llevar de la sensibilidad», de la «apariencia»; pero la apariencia solo es explicable en una subjetividad corpórea, no en un ángel o en Dios.
La opacidad del propio yo. «La subjetividad no es completamente transparente a sí propia»; ve su intimidad «en claroscuro», «in confuso», adolece de una cierta «opacidad para sí misma». Si la conciencia fuese pura esta «confusión» sería contradictoria: «Resulta por completo imprescindible el referirla a la subjetividad como a algo que no se agota en ser conciencia, y que, justamente por ello, puede tener una conciencia imperfecta de sí misma».
La perplejidad. El hombre duda, si no de su existencia, sí de que sus representaciones sean reales. Ello demuestra que la conciencia no es absoluta, sino «inadecuada», y que el hombre no es conciencia, sino subjetividad capaz de ser consciente. La duda no sería posible «en un sujeto que, al no diferir realmente de su propia conciencia, esté libre de toda opacidad para sí mismo».
Q.E.D.
Queda probado, pues, que el hombre no es conciencia pura, sino una subjetividad que, de modo intermitente e inadecuado, llega a ser consciente.
¿Es la subjetividad una pura «ficción metafísica»? Dado que la subjetividad es previa a los actos de conciencia de los que es posible, ¿cómo cabe tener conocimiento real de esa subjetividad? El filósofo responde que se da una cierta experiencia de esa subjetividad, en los siguientes casos:
(i) En el dolor. Aunque este sólo es perceptible si se posee conciencia del mismo, la subjetividad con conciencia de dolor «se capta a sí misma como instada por algo que ella no es».
(ii) Al experimentar «una necesidad biológica» o un «deber».
(iii) Cuando se rectifica un error.
(iv) En la conciencia de ser el mismo después de haber recobrado el conocimiento, por ejemplo, tras un período de coma o anestesia.
(v) En el deseo de entregarse al sueño y «quedarse en la nuda sustancialidad del propio ser».
Características de la subjetividad.
La temporalidad. La subjetividad «no está fuera del tiempo, sino dentro de él, marcada con el signo de un comienzo»; es «el término de un acto de creación», «antecedido por un absoluto no ser».
la facticidad. «El verdadero factum radical lo es para cada subjetividad ella misma»; la subjetividad «es la sustancia fácticamente dada... algo con lo que me encuentro».
La finitud. La subjetividad, al conocer, se percata del hecho de «no ser el ser sin restricción»: de ser algo finito. Ahí radica la angustia vital: «En la oposición que produce ser síntesis entre la angostura de mi ser y la absoluta infinitud del ser está la clave de la posibilidad de la angustia como hecho esencialmente metafísico».
La doble condición de «reiforme» y «aptitudinalmente consciente».
Lo último requiere de más explicación. El carácter reiforme de la subjetividad se refiere a que posee notas que son «como las de las cosas», que puede ser «determinada en cierto modo por un agente físico», que se «siente en la naturaleza con toda naturalidad», que es «sustancial y radicalmente corpórea», que «no se agota en pensar», y que «para su actividad intelectiva necesita la mediación del conocimiento sensible».
Pero la subjetividad es algo más que una cosa y se distingue de ellas «porque tiene la capacidad de trascenderse, de enajenarse, de salir de sí; en una palabra, la capacidad de incrementarse con algún otro ser». Dicha transcendencia se manifiesta ya en forma de conocimiento («posesión inmaterial del ser»), ya como volición («tensión inmaterial con otro ser»). Esta apertura es la vertiente espiritual porque «espíritu es el ente que vive de algún modo la infinitud del ser». Y, aunque con limitaciones, el hombre tiene «capacidad vital para la presencia de la infinitud del ser». En suma, somos «una sustancia que simultáneamente participa de la conciencia y del silencio de las meras cosas», «una entidad simultáneamente espiritual y corpórea», «medio cuerpo y medio logos»; «no somos realmente ni un puro espíritu, ni un mero y simple cuerpo»; el «hombre viene a encontrarse entre el ángel y el animal irracional».
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¹ Las citas textuales de la obra mencionada figurarán entrecomilladas.
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